A veces, cuando somos más jóvenes o cuando nos sentimos vulnerables, tendemos a confundir el amor con una especie de refugio de supervivencia. Esa frase de Erich Fromm nos invita a mirar profundamente hacia adentro y preguntarnos si estamos buscando a alguien para llenar nuestros propios vacíos o si estamos listados para ofrecer algo genuino. El amor inmaduro es como una sed desesperada que busca desesperadamente un vaso de agua para calmar el malestar propio, mientras que el amor maduro es como un manantial que fluye con abundancia hacia los demás, simplemente porque su propia esencia es de generosidad.
En nuestra vida cotidiana, esto se manifiesta en las pequeñas interacciones, no solo con parejas, sino con amigos y familiares. Podemos caer en la trampa de decir que queremos a alguien porque esa persona nos hace sentir seguros, nos da atención o nos quita la soledad. Es una forma de dependencia que, aunque natural en momentos de crisis, puede volverse asfixiante. El verdadero crecimiento ocurre cuando aprendemos a estar bien con nosotros mismos, para que nuestra presencia en la vida de otros no sea una demanda de auxilio, sino un regalo de compañía.
Recuerdo una vez que yo misma me sentía muy sola y buscaba la validación de cada persona con la que hablaba. Sentía que si no me decían palabras dulces, mi valor disminuía. Estaba atrapada en ese ciclo de necesitar para amar. Pero con el tiempo, aprendí que cuando empecé a cultivar mi propio jardín interno, mi forma de querer cambió. Dejé de buscar manos que me sostuvieran para empezar a ofrecer mis propias manos para ayudar a otros a florecer. Fue un cambio de perspectiva que transformó mis amistades de simples muletas a verdaderos lazos de libertad.
Este viaje hacia la madurez emocional no es algo que ocurra de la noche a la mañana, y está bien tener días en los que nos sintamos un poco dependientes. Lo importante es reconocer ese impulso y trabajar para transformarlo en una necesidad de compartir nuestra luz. Te invito hoy a reflexionar sobre tus vínculos más cercanos. Pregúntate con mucha ternura: ¿estoy amando desde mi carencia o desde mi plenitud? Permitirte notar esto es el primer paso para construir relaciones que no solo nos sostengan, sino que nos liberen.
