A veces, la vida se siente como una brisa suave que nos lleva de un lugar a otro sin que nos demos cuenta. La frase de Montaigne nos recuerda algo muy profundo: cuando no tenemos un norte, cuando no hay un propósito que nos ancle, corremos el riesgo de dispersarnos tanto que terminamos sintiéndonos vacíos. Estar en todas partes, intentando complacer a todos o saltando de una tendencia a otra, es una forma muy sutil de perder nuestra propia esencia. Es como intentar atrapar el humo con las manos; por más que nos movamos, no logramos sostener nada real.
En nuestro día a día, esto se traduce en esa sensación de agotamiento que no viene de trabajar mucho, sino de no saber para qué lo hacemos. Podemos tener una agenda llena de citas, mil notificaciones en el teléfono y una lista interminable de tareas, pero si ninguna de esas acciones resuena con nuestros valores, nos sentimos perdidos en medio del ruido. Es esa sensación de estar presentes físicamente en una reunión o en una cena, pero con la mente vagando por mil direcciones, sin una conexión real con el momento o con nosotros mismos.
Recuerdo una vez que yo misma me sentía así, como si fuera un pequeño patito nadando en un océano gigante sin saber hacia qué orilla me dirigía. Intentaba aprender mil cosas a la vez, decía que sí a cada invitación y trataba de estar presente en cada conversación, pero al final del día, me sentía exhausta y extrañamente sola. No era que me faltara actividad, es que me faltaba intención. Fue cuando decidí detenerme y elegir una sola dirección, una sola prioridad que realmente importara a mi corazón, cuando empecé a sentir que mis pasos tenían peso y significado.
Encontrar ese propósito no significa tener un plan maestro para los próximos veinte años, sino simplemente decidir qué es lo que hoy, en este momento, le da sentido a tu existencia. Puede ser algo tan pequeño como cuidar una planta o algo tan grande como cambiar una carrera. Lo importante es dejar de ser una hoja al viento para convertirnos en alguien que decide su propio rumbo.
Hoy te invito a que te tomes un momento de silencio. Pregúntate con mucha ternura: ¿Hacia dónde estoy nadando hoy? No necesitas todas las respuestas ahora mismo, solo necesitas empezar a elegir un pequeño norte que te permita volver a encontrarte.
