A veces, la vida se siente como una habitación cerrada con llave. Nos protegemos del frío, de la incertidumbre y de la posibilidad de ser heridos, pero en ese proceso de cerrarnos, también terminamos bloqueando la luz. La hermosa frase de Emily Dickinson nos recuerda que nuestra alma no debería ser una fortaleza impenetrable, sino una puerta entreabierta, siempre lista para dejar entrar la magia de lo inesperado y la alegría de lo sublime.
Mantener el alma abierta no significa ser ingenuos ante el dolor, sino decidir conscientemente que no permitiremos que el miedo dicte el tamaño de nuestro mundo. Es permitir que la belleza de un atardecer, la profundidad de una conversación sincera o incluso la sorpresa de un pequeño logro nos conmuevan profundamente. Cuando cerramos la puerta por miedo a la tristeza, también perdemos la capacidad de experimentar el éxtasis de la vida.
Recuerdo una tarde en la que yo, tu amiga BibiDuck, me sentía muy abrumada por mis preocupaciones. Estaba tan concentrada en mis miedos que no me di cuenta de que el aroma del café recién hecho y el canto de los pájaros en mi jardín estaban allí, ofreciéndome un momento de paz. Me di cuenta de que mi alma estaba demasiado cerrada, tensa y rígida. En cuanto decidí respirar profundo y bajar la guardia, esa pequeña chispa de alegría pudo entrar y cambiar mi perspectiva por completo.
Seguramente te ha pasado algo similar. Quizás estás tan enfocada en tus planes o en tus cicatrices que has olvidado dejar un pequeño espacio para la sorpresa. La vida ocurre en esos intersticios, en esos momentos de asombro que solo pueden ocurrir cuando bajamos la guardia y permitimos que lo extraordinario nos encuentre.
Hoy te invito a hacer un pequeño ejercicio de apertura. No necesitas cambiar tu vida entera de un golpe, solo busca un pequeño detalle, algo que te haga sentir viva y permite que te atraviese. ¿Qué pasaría si hoy decides dejar esa puerta un poquito más abierta para ver qué maravillas deciden visitarte?
