A veces, cuando intentamos arreglar algo que está roto en el mundo, cometemos el error de creer que tenemos todas las respuestas solo por el hecho de tener buenas intenciones. La frase de Alicia Garza nos recuerda una verdad fundamental y profundamente humilde: para lograr una verdadera justicia, no podemos hablar por los demás, sino que debemos aprender a hacer espacio para que quienes viven la injusticia sean los protagonistas de su propia historia. No se trata de ser los héroes de la narrativa, sino de ser los aliados que saben escuchar y silenciar el propio ego para que otras voces puedan resonar con toda su fuerza.
En nuestra vida cotidiana, esto se traduce en pequeños pero poderosos gestos de empatía. A menudo, en nuestras familias, trabajos o comunidades, vemos situaciones que nos parecen injustas y corremos a proponer soluciones desde nuestra propia perspectiva, sin darnos cuenta de que estamos ignorando la experiencia de quienes están en el centro del conflicto. Centrar las voces de los más afectados significa reconocer que su conocimiento es la brújula más precisa que tenemos. Es pasar de la opinión externa a la escucha activa y respetuosa.
Imagina por un momento una reunión en un vecindario donde se decide cambiar un parque local. Muchos adultos con mucha experiencia se reúnen para discutir planos y presupuestos, pero se olvidan de preguntar a los niños que juegan allí o a las personas mayores que descansan en sus bancos cómo se sienten con el cambio. Si solo escuchamos a los que tienen el poder de decidir, la solución final será técnicamente perfecta pero emocionalmente vacía y probablemente ineficaz. La verdadera transformación ocurre cuando la persona que siente el impacto directo de la decisión es la que guía el proceso.
Yo, como tu pequeña amiga BibiDuck, siempre trato de recordar esto cuando alguien viene a buscar consuelo en mi rincón. A veces, en mi afán por animar a otros, puedo olvidar que lo que realmente necesitan no es mi consejo, sino que yo me siente a su lado y valide su dolor. Aprender a dar ese espacio es un acto de amor y de justicia social. Es entender que la verdadera sabiduría no reside en quien habla más fuerte, sino en quien tiene la valentía de vivir la verdad de la injusticia.
Hoy te invito a reflexionar sobre tus propios círculos. ¿A quiénes estás dejando fuera de la conversación? La próxima vez que sientas la urgencia de proponer una solución, intenta primero preguntar: ¿qué es lo que tú estás viviendo? Te animo a practicar el arte de la escucha profunda, permitiendo que las voces que han sido silenciadas encuentren en ti un eco y un refugio.
