A veces, la vida nos presenta paisajes que preferiríamos simplemente ignorar. Hay momentos de dolor, de errores cometidos o de verdades incómodas que nos dan unas ganas inmensas de cerrar los ojos y esperar a que todo desaparezca por arte de magia. Pero como bien dice Roxane Gay, no podemos simplemente apartar la mirada de lo que es difícil; el verdadero crecimiento ocurre cuando nos atrevemos a mirar de frente aquello que nos asusta, pero lo hacemos con una dosis extra de amabilidad.
Mirar lo difícil no significa juzgarnos con dureza o castigarnos por nuestras debilidades. Al contrario, significa observar nuestras heridas, nuestros miedos y nuestros fracasos con la misma ternura con la que cuidaríamos a un pequeño pollito que acaba de perderse de su nido. Cuando evitamos mirar nuestros problemas, estos crecen en la sombra, volviéndose más pesados y oscuros. Al traerlos a la luz con compasión, empezamos a entender que lo que nos duele también es parte de nuestra humanidad.
Recuerdo una vez que me sentía muy abrumada por un error que cometí en el trabajo. Durante días, intenté distraerme con tareas irrelevantes, con comida o con el teléfono, tratando de no pensar en esa sensación de insuficiencia. Pero el peso seguía ahí, como una pequeña nube gris sobre mi cabeza. Solo cuando me senté en silencio, respiré profundo y me dije a mí misma que estaba bien cometer errores y que estaba aprendiendo, fue cuando esa presión empezó a ceder. No fue la negación lo que me salvó, sino la aceptación amable de mi propia imperfección.
Te invito a que hoy, si hay algo que te está causando inquietud, no corras para esconderlo. No necesitas tener todas las respuestas ni una solución inmediata. Solo intenta sentarte un momento con esa dificultad, respira y trata de mirarla sin látigos, solo con curiosidad y mucha suavidad. A veces, el acto más valiente que podemos hacer es simplemente reconocer nuestra propia vulnerabilidad con un abrazo al corazón.
